Ideado y creado por Sandra Romero




A tiempo

Category : Cuentos, amor y otros monstruos Mar 7th, 2019

Llega un momento en el que te das cuenta de que los meses son simplemente un conjunto de letras combinadas entre sí y no una cuestión de tiempo. Vemos matemáticas en los años, cuando hay veranos que perduran en octubre.

Lo descubrí al terminar aquel invierno eterno, que parecía no acabar, cuando, al hacer cuentas y jugar a las sumas y las restas, 2014 –sin duda- me debía días.

Andamos por las semanas contando los días que nos quedan para que lleguen los fines de semana y, cuando llegan, contando las horas que nos quedan para enfrentarnos de nuevo al lunes, sin  darnos cuenta de que los días son esbozos de lo que ya no volverá a ser en nuestras vidas, sin permitirnos el derecho de simplemente disfrutar.

Vivimos con miedo a decir la palabra incorrecta o a elegir el emoticono inadecuado. Tememos decir “te quiero” a alguien que acaba de aparecer en nuestras vidas cuando hay personas que aparecen y son capaces de hacer magia sólo con una mirada, aunque ese amor dure sólo eso: un pestañeo, un segundo, nada.

Nos da pánico el rechazo hasta tal punto que nos perdemos la oportunidad de intentarlo sin darnos cuenta de que cada vez que probamos algo nuevo, cada vez que alguien se cruza en nuestras vidas, aprendemos algo más, nos deja su huella, crecemos.

Vivimos en el otoño de lo sensato, donde cada hoja que se cae es una oportunidad que perdimos. Nos da miedo improvisar, decir que sí a oportunidades nuevas, probar el sabor de labios desconocidos. Y nos olvidamos a diario de que la vida es un árbol de hoja caduca.

Nos preocupan las raíces, lo que espera la otra persona, lo que es o no es. Y así, avanzamos sin ser conscientes de quién aparece a nuestro alrededor. Dejamos de conocer a otro. Simplemente nos lo perdemos.

Queremos entender las cosas antes de que sucedan. Nos da miedo la gente que no tiene problema en decir “me gustas” a la primera de cambio. Tomamos por loco a quien quiere apostar por nosotros sin apenas conocernos.

Y al final, vamos dejando atrás un manto de hojas secas que nos recuerdan aquello que pudo ser y que no nos permitimos que fuera. Nos quedamos con las ganas de probar aquel sabor y sin el encanto de ese momento. A veces, ni siquiera somos conscientes de que pudimos intentarlo.

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