“Borrar también es parte del proceso” escribía hace unos días en mi cuenta de Instagram (@ohqueideas) y así es. No existe proceso creativo sin modificación y, para ello, es imprescindible contar con la ayuda de una goma de borrar o, en su defecto, dar la opción de empezar de nuevo, no de 0, porque nunca empezamos de cero.

Podemos borrar con delicadeza para dar paso a nuevos trazos o borrar con más fuerza para hacer crecer el espacio en el papel.

A menudo en mis dibujos utilizo el borrador moldeable de forma sutil para dejar que la línea permanezca en el papel como guía y dar protagonismo al uso de color hasta que el dibujo esté completo.

Foto @ohqueideas

Asociamos el borrador a la equivocación cuando deberíamos entenderlo como la herramienta que nos permite corregir trazos, agrandar líneas, suprimir contornos inesperados, colocar una montaña donde antes había una casa o hacer de una planta un árbol gigantesco.

Desde pequeños borrar nos supone un esfuerzo. Lo he visto en dibujos de niños que se frustran al tener que hacer uso una y otra vez de la goma de borrar, en dibujos que se ensucian, quizás tal vez por ello vemos al borrador como un útil de extraña oscuridad. Quizás deberíamos hablar a los niños de lo increíble que resulta hacer una línea y poder hacer de ella lo que tú quieras y tener la opción de corregirla si el resultado no es el esperado. Borrar, borrar y borrar. Una y otra vez, como moldeando a tu gusto el dibujo o la palabra escrita, reconociendo la posibilidad de error y usándola como oportunidad: borras pero no lo ocultas. Y, si no, usa boli.